La edad media (por Raúl Medina)

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Y, lo que tienes que hacer, lo tienes que hacer.

Con estas palabras termina La edad media (Candaya, 2016), primera novela de Leonardo Cano (Murcia, 1977), en la que relata la historia del hijodelRana, Fauró y Moya, compañeros de clase a finales de los 80 en el Bosco, un colegio privado, clasista y cruel todo él en su conjunto, incluyendo tanto a alumnos como a profesores. Con mayor motivo hacia ellos tres por ser el típico «trío al que no podías parar de meterle pescozones».

Pero el autor no cuenta la típica historia lineal con un principio y un final, sino que, partiendo de estos tres personajes, sumerge al lector en tres historias diferentes, distantes en el tiempo. Por un lado, nos transporta al pasado lejano de los años de adolescencia de esos niños, hasta los 90, momento de finalizar el insti y empezar la universidad. En otra historia consigue, de manera sobresaliente, contar a través sólo de conversaciones de chat el porvenir de una relación de pareja a distancia. Y, por otro lado, nos mete de lleno en un juzgado para hacernos partícipes del día a día monótono y tedioso de un funcionario interino.

Será al final del libro cuando todas ellas converjan y se crucen para desvelar tramas y relaciones entre personajes en un presente. Un presente que no es el que hubieran deseado mucho de esos chavales que ven truncadas sus aspiraciones de futuro y sus sueños evaporados, o más bien los de sus padres. Y esto lo hace el autor de una forma creíble, progresiva, sin entrelazar historias que no cuadren o flaqueen por algún punto.

A lo largo de las vivencias de los tres personajes se puede observar cómo Leonardo Cano combina la narración en prosa con toques poéticos (haciendo uso de una anáfora que se llega a volver hipnótica y necesaria), con el lenguaje llano, rápido y plagado de las típicas faltas ortográficas de un chat, además de una narración seca y sin abalorios.

La historia de los niños está narrada en una voz pasada en primera persona del plural como si nos la estuviese contando cualquier otro alumno del Bosco. Predominan las frases cortas pero directas, certeras, dando la información necesaria con las palabras justas. Y, algo que es de agradecer, sin andarse con remilgos y llamando a las cosas por su nombre, con el mismo vocabulario que utilizamos en la vida real. Porque algo a destacar es el contenido sexual que hay en la novela, debido a que muchos de sus personajes se valen del sexo para competir, de un modo u otro, y sentirse superiores. Además de ser un tema de deseos confrontados en más de una ocasión.

Y se pasa la mano rápidamente por la vagina y la estampa en el hombro (…) dejando un reguero de su cariño, de su esmero. De todo lo que ella es.

Leonardo Cano (©LaManoRobada)

Es, además, en esta historia en la que el autor consigue transportar a sus lectores hasta esos años de colegio e instituto, y lo logra de manera formidable a través de descripciones detalladas y muy visuales de la ropa y sus marcas. A través de la música, de los libros. A través de los videojuegos o de la comida. Pero, si hay algo que el autor expone de manera cruel e implacable, es el acoso del que siempre alguien es víctima, así como los roles y estatus en clase.

Si tenemos en cuenta la edad del autor y sacamos cuentas con la de los personajes, la historia del chat podría estar perfectamente ambientada en los años en los que proliferó el Messenger. Y es que está tan bien escrita que muchos nos podremos ver a nosotros mismos detrás del monitor y tecleando a altas horas de la madrugada en un tiempo pasado, cuando no existía el WhatsApp. Aquí la historia es la de una relación que pasa de un rollo a algo más serio a través de visitas de fin de semana una vez al mes. Pero la distancia y el amor no hacen buena pareja. Leonardo Cano muestra dos personajes muy distintos en este caso, una que valora más el ascender en el trabajo y el dinero y otro que le da la importancia a con quién se comparta cualquier cosa, por absurda y pequeña que sea, y no a las cosas en sí y menos por su valor material. De aquí que la elección de prioridades que se puede creer correcta, anteponiendo una carrera y un trabajo a todo lo demás, no tenga por qué serlo.

(…) soy feliz tan sólo estando con alguien especial, también con una buena película o un libro, con una canción que me gusta, pero lo importante es con quién lo compartes.

La tercera historia es la de M, un funcionario interino en el Juzgado nº 8 de lo Civil. En este caso la historia está narrada en presente y en tercera persona mediante una narración limpia y fría, sin adornos, combinada con diálogos. Con ello se consigue que el lector pueda imaginar del modo más verídico el día a día de M en el trabajo, con sus montañas de papeles, sus grapadoras, sus post-it, todo ejecutado de forma robótica y casi ritual.

M baja de casa de sus padres, arranca el coche de sus padres, (…) conduce veinte kilómetros hasta la Ciudad de la Justicia, en el coche de sus padres.

Una de las opciones que le quedan a M para paliar su aburrimiento en el trabajo y su desidia en la vida es cotillear por Facebook el devenir de sus compañeros del cole y quedar con antiguas compañeraspara follar. Será a través de Facebook como se entere de la cena del 15º aniversario de compañeros del Bosco.

Y, con todo esto, Leonardo Cano consigue que el lector devore esta estupenda novela deseoso de saber cuál será el destino de esos personajes que bien podríamos ser muchos de nosotros. Que la vida da muchas vueltas. Porque tienes que hacer lo que tienes que hacer. Ya que el ser hjo de, el tener enchufes, dinero, una casa enorme, un trabajo con supersueldo y todo lo material que quieras no te exime de la posibilidad de sentir el fracaso en tus carnes, por mucho que de cara a los demás seas envidiable. Ahora sólo falta saber qué es eso que hay que hacer.

Raúl Medina

España, aparta de mí este cáliz: generación del 50

Ayer empezamos el viaje poético por una nueva generación. Vemos caras nuevas y se hace saber que la intención de repasar el siglo XX se debe la necesidad de no olvidar nuestras raíces. Nuestra poesía tiene un origen, como comentaba Pedro Serrano el pasado sábado a propósito de la mística en la trastienda de nuestro último «poetas en Cercanías». No nos vamos a remontar tanto, pero sí es necesario adentrarse en la poética del siglo pasado para entender la que se está realizando hoy en día.

El tiempo es limitado y decidimos centrarnos en dos poetas por sesión. Les tocaba el turno a Ángel González y Jaime Gil de Biedma, poetas señeros, bien conocidos y todavía reeditados (en el caso de ambos, la poesía completa), lujo con el que no cuentan todos los poetas —ya se sabe que la poesía es ese género condenado a tiradas cortas y condenadas al olvido.

Hoy la sesión viene estructurada de forma circular y aderezada de lo que la magia de la improvisación nos regala. Esta generación ha sido llamada la de los niños de la guerra por razones obvias (son adultos que vivieron la guerra civil desde los ojos no-tan-inocentes de un niño).

CIUDAD CERO

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años ——que eran
la quinta parte de toda mi vida——,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
——papeles y retratos
en medio de la calle…
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

—Ángel González

INTENTO FORMULAR MI EXPERIENCIA DE LA GUERRA

Fueron, posiblemente,
los años más felices de mi vida,
y no es extraño, puesto que a fin de cuentas
no tenía los diez.

Las víctimas más tristes de la guerra
los niños son, se dice.
Pero también es cierto que es una bestia el niño:
si le perdona la brutalidad
de los mayores, él sabe aprovecharla,
y vive más que nadie
en ese mundo demasiado simple,
tan parecido al suyo.

Para empezar, la guerra
fue conocer los páramos con viento,
los sembrados de gleba pegajosa
y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,
con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.
Mi amor por los inviernos mesetarios
es una consecuencia
de que hubiera en España casi un millón de muertos.

A salvo en los pinares
—pinares de la Mesa, del Rosal, del Jinete!-,
el miedo y el desorden de los primeros días
eran algo borroso, con esa irrealidad
de los momentos demasiado intensos.
Y Segovia parecía remota
como una gran ciudad, era ya casi el frente
—o por lo menos un lugar heroico,
un sitio con tenientes de brazo en cabestrillo
que nos emocionaba visitar: la guerra
quedaba allí al alcance de los niños
tal y como la quieren.
A la vuelta, de paso por el puente Uñés,
buscábamos la arena removida
donde estaban, sabíamos, los cinco fusilados.
Luego la lluvia los desenterró,
los llevó río abajo.

Y me acuerdo también de una excursión a Coca,
que era el pueblo de al lado,
una de esas mañanas que la luz
es aún, en el aire, relámpago de escarcha,
pero que anuncian ya la primavera.
Mi recuerdo, muy vago, es sólo una imagen,
una nítida imagen de la felicidad
retratada en un cielo
hacia el que se apresura la torre de la iglesia,
entre un nimbo de pájaros.
Y los mismos discursos, los gritos, las canciones
eran como promesas de otro tiempo mejor,
nos ofrecían
un billete de vuelta al siglo diez y seis.
¿Qué niño no lo acepta?

Cuando por fin volvimos
a Barcelona, me quedó unos meses
la nostalgia de aquello, pero me acostumbré.
Quien me conoce ahora
dirá que mi experiencia
nada tiene que ver con mis ideas,
y es verdad. Mis ideas de la guerra cambiaron
después, mucho después
de que hubiera empezado la postguerra.

—Jaime Gil de Biedma

Pretendemos así abrir el debate, que pronto se metamorfosea en la realidad (de nuevo la justificación de un taller como este) de que la llamada poesía de la experiencia que surge a comienzos de los ochenta nace en el seno de esta generación—de unos poetas que, como es el caso de Jaime Gil de Biedma también asumirían indirectamente la oposición a T. S. Eliot de la poesía anglosajona de mediados de siglo. Debatimos, sí, pero sobre todo leemos. Esos poemas de amor, esos poemas que podrían haber sido escritos hoy, críticas acérrimas de una realidad política turbia que nunca nos ha abandonado. Esos poemas que, escritos hace cincuenta años, siguen conmoviendo al lector de hoy, y al lector que viene a compartir las tardes de lunes con nosotras.

Taller literario: Marienbad eléctrico (por Raúl Medina y Óscar Navarro)

En el taller literario organizado por la librería Pynchon&Co, al cual asisto desde hace ya varias semanas, el pasado lunes fue el turno de Vila-Matas y su Marienbad eléctrico. Este libro ha sido mi primer contacto con el autor, y ya me han dicho que quizá no sea la mejor elección como lectura de entrada a su obra. Con esto no quiero decir que la idea de quien me ha dicho esto sea que el libro es malo o no tan bueno, ni mucho menos, pero sí quizá «diferente» a su propia obra y «demasiado diferente» como para ser mi primera lectura suya.

Aquí debo hacer mi entrada en escena para mencionar que yo (Óscar Navarro) iré intercalando con otro color de letra algunos párrafos en estos comentarios. A diferencia del autor principal de este pequeño ensayo, soy lector habitual y admirador de Vila-Matas, con lo que quizá mi lectura no virginal pueda resultar de algún interés.

Lo que más me ha llamado la atención es que no sabría cómo catalogar el libro. No ya el estilo de escritura, sino el contenido del mismo; no es una novela, no es un ensayo, no son relatos y, sin embargo, es un poco de todo ello junto y además tiene ficción.

Es precisamente esa búsqueda de una hibridación de géneros lo que desde hace años viene caracterizando la escritura de Vila-Matas, y lo que, dicho sea de paso, resulta uno de sus más interesantes logros. Exceptuando las felices aportaciones a la galería de escritores que dejaron de escribir, en su inolvidable y seminal Bartleby y compañía, resulta difícil recordar entre sus obras alguna que destaque por su hilo argumental o por sus personajes. Vila-Matas es, sobre todo, su propia escritura.

Aquí no vamos a encontrar a ningún personaje principal, ni ninguna trama escondida ni nada por el estilo. Porque lo que hace Vila-Matas es contarnos sus conversaciones con Dominique González-Foerster, autora francesa de arte contemporáneo. Unas conversaciones que giran siempre en torno al arte, a la literatura y al poder creativo de ambos. Esto lo hace de un modo tal que casi podemos sentir al autor sentado frente a nosotros contándonos todas esas ideas que pasan por su cabeza y haciéndonos partícipes de ellas, como si fuésemos un invitado más a esa mesa del café Bonaparte de París. Así pues, podríamos decir que el libro trata de la amistad, la escritura y la creación artística.

El autor comienza el libro narrando cómo conoció a Dominique y mencionand su última obra (Splendide Hotel, 2014), la cual se dispone a ir a contemplar. Y a partir de ese momento va dando saltos en el tiempo a través de recuerdos que de repente le vienen a la memoria suscitados por cualquier mínimo detalle. Una ve dentro de ese recuerdo vendrá otro y volverá a trasladar al lector en el tiempo y así sucesivamente durante todo el libro. Todos esos recuerdos serán las vivencias que cuente, mezcladas con muchísimas citas de otros autores y muchas referencias al mundo del arte.

A menudo viene a la mente la imagen de una partida de billar cuando nos enfrentamos a unas páginas de Vila-Matas. En una frase lanza la bola de un nombre o de una situación y ésta golpea en otra que a su vez lleva a otra y a otra. Como él mismo llega a decir en este libro, citando a Perec (la cita, uno de los más fecundos recursos vilamatianos): «toda novela es, en cierto modo, infinita» (pág. 35).

No tardé nada en decirme que allí había una novela. Cada perchero tenía una historia. Cada mecedora también la suya. Por no hablar de los libros encuadernados. El encuadernador también tenía su historia. Así como el hijo del encuadernador, y su novia…

Imagen de Splendide Hotel. De la exposición en 2014 de DOminique González-Foerster en Madrid. Palacio de Cristal.

El tema principal que sí está presente durante todo el libro es el de la amistad: la amistad entre Vila-Matas y Dominique González-Foerster; una amistad que surge por la afinidad y el gusto por el arte y por compartir una misma peculiar visión de la vida. Todo relacionado con el arte, viendo arte en la vida y viviendo la vida como una obra de arte. Uno se nutre del otro para sus respectivas obras. Él escribe en base a ideas y vivencias que ha tenido con ella y ella crea su obra pensando en él. De ahí el deleite de los dos en esas conversaciones, llegándolas a considerar una obra de arte, el arte de conversar. Una relación un poco Holmes/Watson, pues el escritor nunca consigue sacarle nada de información a la artista a menos que ella quiera.

Otro de los temas con el que los habituales lectores de Vila-Matas nos reencontramos es el de la fuerza de las casualidades: «¿No es curiosa esa aparición del Bonaparte? Recuerdo que a Ribeyro le asombraban las coincidencias, las casualidades, los encuentros que parecen fortuitos y no lo son» (pág. 64). Este tema lo emparenta con otro de los autores de su universo, Paul Auster.

De algo estoy segura: conversar habéis conversado mucho en la vida. También eso puede ser arte.

Después de este primer acercamiento al autor y tras las muchas conversaciones mantenidas al respecto, tanto acerca de Marienbad eléctrico como acerca del propio escritor, de lo que estoy seguro es de que su estilo me ha atrapado. De manera que pasaré a ser uno de los muchos lectores de Vila-Mtas, para sumergirme en sus libros, en sus pensamientos y, en especial, en su forma de ver la vida, pues como él mismo dice «hay que saber que la literatura te permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es».

Raúl Medina y Óscar Navarro

La edad media

Leonardo Cano (Candaya, 2016). 320 páginas, 18€

Los seguidores del blog y las redes de Pynchon&Co saben de sobra que tenemos ciertas preferencias editoriales. Ello se debe, en gran medida, al trato que desde aquí recibimos por parte de los editores, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí es cierto es que esta disponibilidad siempre, este regalo amable de traer a sus autores, esta manera de hacer tan cercana, suelen ir de la mano del criterio indiscutible, el gusto estético a la hora de editar y, por encima de todo, las arriesgadas apuestas que se hacen a ojos cerrados. Dado el salto al vacío que supuso la apertura de la librería hace ya un año y medio, este hermanamiento queda, a nuestro parecer, más que justificado.

Hablando, pues, de afinidades y editoriales favoritas, nos centramos en lo último de Candaya y lo primero de Leonardo Cano, autor murciano que se estrena con La edad media. La novela se presentó en Pynchon&Co el pasado 21 de marzo, lunes santo y con lluvia, para más inri, en una escena tan cotidiana que bien podría haber formado parte del propio texto. Y es que esta opera prima no es ni más, pero sobre todo ni menos, que un retrato hiperrealista de su generación. Leonardo tiene ahora treinta y nueve años, más o menos como los protagonistas de su novela, y presumiblemente comparte con ellos vivencias de infancia y adolescencia, grupos musicales que propiciaron las pequeñas rebeliones en casa —que, la mayoría de ellas inofensivas, consistían en dejarse crecer las greñas y vestir chupas de polipiel—, los bares y los esporádicos contactos con las drogas.

Predispuesta a despertar nostalgias, esta obra interpretada a tres voces destacaría hoy, tal vez incluso escandalizaría, por su brutalidad, no tanto en las partes ambientadas en el presente sino por los testimonios del pasado: el narrador se expresa desde una inocencia preservada con celo en la que la violencia, el sexo o los cadáveres en el armario de las «familias bien» se cuentan como lo que son, de manera casi anecdótica, libres de juicio moral. Resulta paradójico, ya que, como podemos comprobar en las otras voces, el trabajo en el presente de varios de aquellos chavales está directamente relacionado con la justicia en su faceta legal.

Con la excusa de una cena de antiguos alumnos, Cano nos relata las andanzas de un grupo de chavales que estudian en un centro privado, que crecen juntos y están convencidos de que vienen a llevarse la vida por delante a pesar de las expectativas paternas, entrelazadas con la debacle de la relación entre Julia y Fauró en bruto, en formato chat, tal y como cualquier amigo nos copiaría sus conversaciones para pedir consejo, y con el empleo rutinario que desempeña cada día M en la Ciudad de la Justicia, expuesto por un narrador ajeno a la escena que sin embargo evoca levemente —tal vez sea obsesión nuestra— al tedio que genera de manera deliberada David Foster Wallace en El rey pálido. Y aunque podría parecer que estas tres historias están prespuntadas para construir una suerte de patchwork literario, no sólo son indispensables para el impecable funcionamiento de La edad media, sino que además están tan bien cosidas como las piezas de unos vaqueros Bonaventure.

Y ya ves si nos ha encantado la novela, aunque sea imposible que esta sea nuestra historia y aunque todavía nos quede un poco para copiar en nuestras carpetas aquellos versos de Gil de Biedma que sentenciaban «que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde».

El médico de los piratas (por Raúl Medina)

Carmen Boullosa (Siruela, 1992). 120 páginas, 12€.

En este relato de piratas, la autora centra la aventura —porque aunque basado en hechos reales no deja de ser un relato de aventuras— en las aguas del Mar Caribe a mediados del siglo XVII mediante las vivencias del joven Smeeks, que, engatusado por las promesas de una vida mejor, con buena comida, buen clima e intrépidas aventuras, decide zarpar destino a Isla Tortuga. A su llegada descubrirá que no todo es como le había hecho creer el hombre de airoso caminar y bolsa con monedas. Llegará a la isla como esclavo y terminará siendo cirujano del cruel y sanguinario almirante L’Olonnais, además de miembro de la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en la que la crueldad y el derramamiento de sangre desaparecen para mostrar a unos piratas solidarios y generosos entre sí.

Boullosa logra en varios momentos del libro hacer estremecer al lector hasta el punto de, inconscientemente, hacer muecas de dolor sólo de pensar en los métodos de castigo descritos. Durante los pasajes de descripción de batallas y trifulcas, el exceso de detalle, de sangre, de cuellos rebanados, etcétera, puede generar cierto desasosiego. Se debe reconocer el mérito de la autora al conseguir crear este sentimiento, pues ello denota su maestría. Además, todo esto lo refuerza el hecho de que la historia esté narrada en primera persona, lo que la dota de una gran fuerza testimonial.

Detrás del relato de aventuras para jóvenes que es, El médico de los piratas expone de forma clara las vueltas que el destino puede hacer dar a nuestras vidas y cómo éstas pueden variar de un día para otro, sin saber con exactitud si el enemigo podrá ser amigo y viceversa. Pero lo más importante: constituye un auténtico canto a la libertad individual, expresado de manera clara en el último párrafo del texto: «sólo espero que Bertrand d’Ogeron haya sabido encontrar un depositario que, como él, defienda el Gran Sueño de libertad, igualdad, anarquía y valor de la Gran Cofradía de los Hermanos de la Costa».

Raúl Medina Moreno

El rey pálido (por Raúl Medina)

David Foster Wallace (Random House, 2011). 560 páginas, 23,90€.

Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia. Pero lo más importante, descubrí el verdadero talento que se requiere para triunfar en una burocracia. (…) La clave burocrática subyacente es la capacidad de soportar el aburrimiento.

Esta es la idea principal en torno a la que gira El rey pálido (David Foster Wallace, 2011), el aburrimiento o más bien el tedio. En un trabajo mecánico, monótono, estresante y carente de cualquier tipo de motivación. Un trabajo que no es otro que el de contable de la Agencia Tributaria.

Sylvanshine, Stecyk, Lane Dean, Cusk, Meredith Rand, Tony Ware, Shane Drinion y Dewitt Glendenning son sólo algunos de los empleados que trabajan en el C. R. E. de la Agencia Tributaria de Peoría. Cada uno con su rango y sus tareas, desde pasapáginas y mierdifantes hasta superiores rango G-13. Cada uno con sus fobias y sus miedos. Cada cual con sus recuerdos de infancia. Cada quien con sus problemas de adolescencia arrastrados hasta la edad adulta. Pero algo tienen en común, todos terminan trabajando en la Agencia, un trabajo que Wallace describe a la perfección en el capítulo en el que nos sumerge dentro de una de las salas de examen, donde podemos ver en qué consiste el día a día de los empleados y hacernos una idea de esta qué punto debe ser tedioso vivir así, como si fuesen piezas del engranaje de una máquina.

Será a través de las conversaciones de estos empleados como el que el autor nos lleve de un lado a otro, de un tema a otro. Se sirve de estas charlas para hacer crítica de muchos y muy diferentes aspectos de la sociedad. En una conversación de ascensor se empieza hablando del consumismo y la necesidad del ser humano por incumplir las normas y tener a alguien que le diga que lo ha hecho mal, y se termina hablando de machismo y racismo. En el que en mi opinión es el mejor capítulo del libro, se desarrolla un tête-à-tête aparentemente insustancial entre dos compañeros, una tía buenorra y un asexual, en la que David F. Wallace hace que prácticamente te sientas partícipe como oyente, tratando el tema del poder de la belleza y de cómo ésta puede influir tanto en quien la posee como en quien la envidia. Aunque también hay conversaciones «marcianas», en las que todo el mundo habla, cuenta lo suyo, y nadie escucha a nadie. Éstas son las más divertidas.

En varios momentos del libro es muy evidente la añoranza que siente el autor hacia la infancia; un momento de la vida lejano, pasado, pero siempre mejor que la edad adulta, en la que se supone que somos autosuficientes. Foster Wallace nos transporta hasta la infancia de los personajes, de ese niño sin autoestima y desorganizado, esa niña que tiene que aprender a sobrevivir sola en la calle, el típico niño pedante al que nadie aguanta, el niño que quiere besarse todo el cuerpo a sí mismo, el católico creyente ferviente que tiene un dilema consigo mismo, el que suda sin parar o el niño que no puede dejar de contar las palabras.

El fin de la infancia. La primera de muchas muertes.

Además, refleja a la perfección la adolescencia y años universitarios; con sus drogas, alcohol y los efectos y situaciones a las que los mismos te pueden llevar. Exponiendo de forma detallada y metódica la importancia de pequeñas decisiones que pueden cambiar el rumbo de tu vida.

Si bien es cierto que la novela trata el tema del aburrimiento y Wallace bombardea de manera constante con información relacionada con tributos, consigue no sólo que la novela no sea aburrida, sino que la hace divertida e interesante. Logra de manera magistral que el lector se sumerja totalmente en el relato de la cosa más sencilla y banal. Y todo esto lo logra sin una trama concreta, porque no la hay; ni hay un personaje más principal que otro, que no hace falta.

La novela está inconclusa, ya que el escritor se suicidó después de ocho años trabajando en ella. Y cuando se sabe esto se puede enfocar todo desde otra perspectiva. Porque recordemos que Wallace padecía depresión. Quién sabe hasta qué punto algún personaje concreto tiene demasiado de su propio autor. Gran novela y gran autor. Una pena que no vayamos a poder disfrutar de ninguna nueva idea de la brillante mente de David Foster Wallace.

Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

Para terminar, me gustaría lanzar una pregunta: ¿quién es «El Rey Pálido»?

Raúl Medina Moreno

Desobediencia. Antología de ensayos políticos

Henry David Thoreau (Errata Naturae, 2015). 288 páginas, 17,90€.

Imagino que Thoreau se habría sorprendido y escandalizado ante este mercado editorial en el que lo previsible es ver un aluvión de reseñas con motivo del último libro de turno y, a los pocos meses las pocas semanas, su progresiva desaparición, primero de las listas de ventas, los medios de comunicación y, finalmente, de las mesas y los estantes de las librerías. Hace año y medio nos llamaban rebeldes y, en efecto, algo de rebeldía hay al intentar romper con esa inercia. Errata Naturae nos gusta precisamente por esa tendencia a sacar libros oportunos pero nada oportunistas, que perduran en el tiempo y que, como a ellos les gustaría decir, nos acompañan dejando su poso invierno tras invierno.

Con este volumen se pretende agrupar todos los ensayos políticos de un hombre desdeñoso de la política convencional (pero, no obstante, cabal y comprometido), entre los cuales el más famoso es el imprescindible del que se toma prestado el título de este libro, «La desobediencia civil», conferencia publicada en 1848 a propósito de esa desobediencia civil que le llevó a dar con sus huesos en la cárcel. La causa de Thoreau era ser fiel a sus principios, acaso la única causa que verdaderamente debería importarnos. Pero, lejos de hacer proselitismo, lo que se pretende aquí no es tomarlo como mito, sino hacer que su vida y su pensamiento sirvan de ejemplo para ser críticos y consecuentes con los resultados de una búsqueda que, en última instancia, es personal.

Es evidente que los problemas a los que trató de dar respuesta en el siglo XIX no son los mismos siglo y medio después. Sí es la misma su naturaleza. De ahí la vigencia de sus textos (y de su figura). Buena parte de los ensayos trataron de responder a la necesidad de rendir cuentas ante uno mismo, más que ante una sociedad —injusta ayer, injusta hoy— cuyos defectos no han cambiado tanto. Ahora no nos mueve la esclavitud, pero nuestros problemas con la vivienda encuentran reflejo en varios de los textos aquí reunidos. También lo encuentran las horas dedicadas al trabajo, su utilidad, y una crítica a la sociedad tecnológica que sigue resonando en nosotros hoy más que nunca.

En fin, algo está pasando para que resulte tan apropiada la lectura de Thoreau. Yo diría que es casi necesaria, algo de lo que da cuenta el goteo de publicaciones de, sobre o inspiradas en su figura. Tanto que no sólo es que Errata Naturae esté rescatando sus textos (tarea que, de momento, tiene como última cala este Desobediencia), sino que su espíritu les está sirviendo de guía hasta el punto de hacer suyo el «Todo lo bueno es salvaje y libre» que sirve de apostilla a una nueva colección que, de momento, no tiene un solo título que no nos hayamos llevado a casa. Disfrutemos con todos ellos.

Fin de campo (por Raúl Medina)

Don DeLillo (Seix Barral, 2015). 288 páginas, 19€.

Fue en 1972 cuando DeLillo (Donald Richard DeLillo, Nueva York, 1936) escribió la que sería su segunda novela, End Zone. Con ella se ganó el reconocimiento de lectores y críticos y pasó a ser considerado como uno de los grandes novelistas contemporáneos. Pero no sería hasta finales de 2015 cuando la editorial Seix Barral la publicase por primera vez en castellano, bajo el título Fin de campo.

La acción transcurre en una universidad norteamericana al oeste de Texas en cuyo equipo, el Logos College, juega al fútbol americano Gary Harkness. Será el propio Gary quien nos cuente su historia en primera persona. Una vida aparentemente sencilla, pues su día a día consiste en entrenar, jugar al fútbol americano, ir a clase y leer, leer todo lo que cae en sus manos relacionado con la guerra nuclear y sus consecuencias, tema que le apasiona. Pero Gary no es un chico sencillo, es de mente inquieta, nihilista según el día (lo mismo está ilusionadísimo con el fútbol que al día siguiente no le encuentra ningún aliciente ni le motiva), extraño y, como sus compañeros le dicen, un «tío un poco raro». Esa aparente sencillez desaparece en el momento en que acaba la temporada y no tiene unos horarios marcados, unas obligaciones y una rutina establecida. En este momento, el autor deja clara la necesidad que sienten los jugadores de obedecer las instrucciones que reciben de otros, y la necesidad asimismo de los entrenadores de mandar.

Pero si hay algo que obsesiona a Gary, más allá del final de la temporada, es su afición por todo lo relacionado con la guerra nuclear y, más aún, su afición por recrear en su mente la «megamuerte»; incluso llega a sentir cierto placer al pensar en las terribles consecuencias de esa hipotética explosión. Esto ya le empieza a preocupar.

Y es con estos dos temas aparentemente tan dispares, el fútbol americano y la guerra nuclear, con los que DeLillo traza un evidente paralelismo. Refleja a la perfección la necesidad de violencia que tiene el ser humano para así demostrar su superioridad frente a los demás. Es aquí cuando, aunque no sepamos nada de fútbol americano, vemos perfectamente esa similitud entre el campo de batalla y el campo de fútbol; los dirigentes políticos son los entrenadores, quienes dan las órdenes a los jugadores, que serían los soldados. En una charla que mantiene Gary con el profesor de geopolítica le dice esta frase: «Pero hoy las cosas han cambiado. Hay pocos hombres que quieran ir a combatir. Nos ponemos a prueba a nosotros mismos, nuestra hombría, de otras maneras, ganando dinero, […] y adquiriendo poder de una manera u otra». Otra de esas maneras es la victoria en el campo de juego.

Un aspecto que DeLillo diferencia claramente es el tipo de lenguaje que utiliza para las conversaciones de según qué personajes. Por un lado tenemos los soliloquios de Gary, donde observamos frases largas, rebuscadas, y significados ambiguos, ya que Gary tiene un pensamiento profundo y metafísico. Todo lo contrario se da en los diálogos de los compañeros de equipo y otros estudiante, donde el autor utiliza frases cortas, palabras simples e incluso tacos (dejando claro con esto la diferencia de inteligencia entre Gary y los compañeros). Y en un término medio se encontrarían las conversaciones de Gary con Myna y Anatole, su «amiga especial» y su compañero de habitación respectivamente. Algo que consigue a la perfección el autor es ponernos en situación de cualquier acción, haciendo hincapié en los sentidos: el olor a sobaco, un escupitajo resbalando por la bota, la visión bajo el sol de esa mierda que Gary encuentra de vuelta a la universidad tras visitar al profesor en el hotel.

Junto con Gary conviven todos los compañeros de clase y equipo (personajes intrascendentes). Pero, si hay dos personas interesantes, son su compañero de habitación Anatole, el judío que quiere dejar de serlo, y su amiga Myna, una chica gorda que dice estar muy contenta de ser como es. DeLillo pone en boca de Myna una frase muy interesante, criticando directamente a la sociedad o al estereotipo marcado por la misma, cuando dice: «No tengo fuerzas para ser guapa. Implica demasiadas responsabilidades. Hay que estar a la altura de muchas cosas».

Tanto Myna como Anatole creen estar haciendo lo correcto; una es feliz estando gorda y el otro quiere «quitarse de judío». Pero lo que no saben es que están equivocados. La que se cree feliz quizá no lo sea y el que se siente desdichado por ser judío es más feliz de lo que piensa. Esto se refleja muy bien en otra reflexión de Myna, equiparando el aspecto físico a lo exterior y la personalidad e ideas de uno a lo interior, cuando se plantea que no sabe qué será más fácil, «si exteriorizar lo interior» o «interioridad lo exterior».

Para terminar, me gustaría destacar una de las frases más impactantes de la novela:

El desánimo te puede venir tanto por una victoria como por una derrota, ambas son igual de peligrosas.

¿Qué conclusión sacar de todo esto? El ser humano necesita sentirse superior a los demás, siempre, tanto en la guerra como en un simple juego. Todo es mucho más fácil cuando nos dicen lo que debemos hacer, cuando las cosas están ya planeadas y tú sólo eres un ejecutor. Esas ideas tiene que pensarlas alguien. En el momento que no tenemos quien nos diga qué hacer, nos bloqueamos. Para bien o para mal, siempre terminamos desanimándonos; bien por haber conseguido nuestra meta y ya no tener nada que alcanzar o bien porque esa meta no fuese lo esperado.

Raúl Medina Moreno

poetas en Cercanías #9

Nueve semanas, lo que vienen siendo aproximadamente la mitad de meses, venimos organizando este ciclo de recitales en Cercanías que, a fin de cuentas, hacen más los poetas y su público que nosotras. Cuando el 3 de octubre de 2015 decidimos juntar, no sin cierto escepticismo, a tres poetas para que compartieran la mañana con nosotras, lo hicimos con un formato en la cabeza que, prácticamente desde ese día, ha ido modificándose en cada encuentro. El pasado sábado tocamos techo.

Tres poetas. Dos alicantinos, uno invitado (hasta la fecha, murciano). Un par de horas. Lo único que hemos respetado esta vez es el número de poetas inicial y el tiempo disponible. A Luis Bagué lo podemos considerar alicantino, pero lo cierto es que es catalán de nacimiento. Mara Avi venía como poeta inédita, y tampoco. Y David Sarrión, el tercer poeta en discordia, viajó desde Albacete por segunda vez en un mes, pero no lo hizo solo: traía una guitarra cargada de balas (mentira), así que con la introducción de música podíamos dar por finiquitado el formato convencional del ciclo —formato que los asiduos saben que estaba en sus últimos estertores.

En realidad no podemos describir lo que pasó esa mañana, así que, para los que no pudisteis compartirla con nosotros, ahí va una muestra de lo que nos ofrecieron:

OLYMPIA 1977

Robert Bechtle en el SFMOMA

Recuperar
el aura:
la inocencia
de lo que ya no puede repetirse.

Camiseta naranja, shorts
azules, la luz
descolorida tras las gafas
de sol.
Nos brinda el primer sorbo
de una cerveza
Olympia.

Los listones del suelo
y la retícula
del parterre y el césped
recién cortado
son distintas maneras
de zanjar
la eterna discusión.

Olympia fin de siglo,
redimida por la
escenografía:
nueva demi-mondaine
en pantalones cortos.

No hay más de lo que ves.
Ni rastro
de ironía, ni sombra
de argumento.

—Luis Bagué (Gerona, 1978)

LA DESALMADA MATERIA

I

Aun no sabiendo ser/ me reconozco.
No he perdido/ todavía/ la noción que implica/ ser/ entre bienes materiales.

II

Llegar al alma de las cosas o sustituir los avisos de bomba por sonrisas discretas pero geométricamente perfectas.
Hacer de lo inhóspito algo cotidiano o echar a volar gracias al impacto de una caricia.

El veneno se esconde en la boca y es allí donde debiera ser enterrado.
Veo persianas que han lamido el invierno y no me gusta sentir el frío de sus grietas.
Veo el color rojo de la sangre en un billete de mil euros y no me gusta
no lo quiero lo rechazo
y ahora me desangro (sin beneficio alguno)
y parece que ha escapado el alma de las cosas por un río dormido
que reinterpreta los sonidos
que lanzábamos ayer.

—David Sarrión (Albacete, 1983)

NO QUIERO EL ÁRBOL

Yo he venido a alimentar las raíces de los árboles
con mis muertos
a devolverles a esta tierra
a alimentarles de esta savia
a recuperarles la vida
a través de hojas y ramas.

Yo he venido a desnudar
el encanto fúnebre de tu pecho púrpura
a des(a)nudarte la cuerda áspera y caliente
del mástil
que apunta al sol
que perfora el sol
y lo desgarra de luz sobre nosotros.

Yo he venido con la lengua animal
dispuesta a lamer
cuevas de lápidas
a tragar silicio
a gritarle a la bóveda celeste
no quiero
no quiero
no quiero

ver pasar el cuerpo de nadie ante mis ojos
bailar en la parálisis de los días
quiero ese hambre
ese perro
ese bebé
pero no quiero
ni paseos ni lactancia
como si con ello me enfrentara
dignamente
a la inmensidad de lo que decrece.

—Mara Avi (Alicante, 1988)

La próxima cita la tenemos el día 5 de marzo con dos nombres confirmados (el del poeta ilicitano Pedro Serrano y el del manchego Javier Temprado). Nos falta un tercer poeta, pero, por experiencias anteriores, sabemos que el poetas en Cercanías no necesita de tres para funcionar, y además sospechamos que están preparando algo especial para la ocasión, así que os esperamos con las sillas preparadas en unos días.

Familias de cereal (por Raúl Medina)

Tomás Sánchez Bellocchio (Candaya, 2015). 192 páginas, 16€.

A su manera, para el niño protagonista del cuento «Familias de cereal», los meses más felices de su vida fueron aquellos en los que se dedicó a grabar a escondidas las discusiones de sus padres. Solo en el momento en que los padres son conscientes de ser grabados es cuando se convierten en parejas ideales y sonrientes, típicas de un anuncio de cereales.

Esta es la premisa de la que parte el primero de los relatos, que da título al libro Familias de cereal de Tomás Sánchez Bellocchio, publicado por la editorial Candaya. En este libro, su autor presenta un conjunto de doce relatos que giran todos en torno al tema de la familia; familias que podrían parecer felices de puertas afuera, pero en las que hay rencores, odios, secretos y mentiras. Todas estas miserias, en el libro, proceden de un mismo mal común, que es la falta de comunicación.

El catálogo de miserias familiares es amplio: unos padres que no le prestan suficiente atención a su hijo («Disco rígido»), un padre que no conoce bien a sus hijos («Familias de cereal»), o la fría relación entre nietos y abuelos («La nube y las muertas»). Todos los personajes aparecen representados a través de sus acciones cotidianas, sin cargar las tintas ni en las virtudes ni en los defectos de ninguno de ellos. El lector irá sintiendo mayor o menor afinidad hacia unos u otros conforme se vaya adentrando en las historias.

En Familias de cereal, el autor deja casi todos los finales de las historias abiertos. De este modo, seremos nosotros quienes decidamos cuál será le destino de cada personaje. En cualquier caso, la conclusión que se extrae de la lectura de estos cuentos es que todas las familias pretenden mostrar la imagen de familia ideal que viene marcada por la sociedad, aunque para ello tengan que convivir con la hipocresía como un miembro más de la familia.

En el relato «Cuatro lunas», por ejemplo, una familia de gordos dejan de ser todo lo felices que eran al intentar adelgazar para, de ese modo, encajar en el canon que se supone que obliga la sociedad. Por otro lado, en «Mitad de un hermano», un joven da rienda suelta al rencor que tiene reprimido contra la madre de su hermano pequeño pero que nunca muestra delante de ella, diciendo cosas que ni sabía que pensaba. El padre del relato «Disco rígido» pretende recuperar del ordenador de su hijo fallecido toda la información posible para intentar conocerlo mejor de lo que lo conoció en vida, ya que no le había prestado suficiente atención.

Tomás Sánchez Bellocchio también trata otros temas en los diferentes relatos que componen esta Familias de cereal, temas como el de la vejez, la muerte y la inmortalidad, en el relato «La nube y las muertas», o el de las crueles diferencias entre clases sociales, en «Ciudad de cartón».

No es sino al terminar el libro que uno se da cuenta del poso de tristeza que, por momentos, han ido dejando los personajes y de la sensación de amargura que transmiten las historias. De manera que, tras la lectura de Familias de cereal, nos planteamos muchas cuestiones acerca de la vida, de la forma de enfrentarla y de encajar sus envites, pues muchas de ellas nos resultarán muy cercanas. Y es que los relatos de este libro son de los que te dejan pensando y sobre los que necesitas hablar, cosa que solo consiguen los buenos autores.

Raúl Medina Moreno